Hace 55 años FUCVAM lucha por la efectiva concreción del derecho a la vivienda para los sectores populares de nuestro país. Nacidas en el seno de las fábricas y organismos, nuestras primeras cooperativas respondieron a una matriz fundacional obrera y en muchos casos, se nutrió de la experiencia de los grupos sindicalizados, que vieron en el modelo, una alternativa clara para acceder a una vivienda digna.
Los gobiernos inmediatos a la Dictadura, instalaron un modelo económico donde los salarios y los ingresos de las familias obreras fueron decayendo estrepitosamente, mientras que el costo de vida fue cada vez más alto. En la década de los ‘90 proliferaron los asentamientos y ya en ese momento FUCVAM tuvo una respuesta alternativa a los Núcleos Básicos Evolutivos (que fue la respuesta del Gobierno a los sectores más vulnerados), construyendo más metros cuadrados, y de mejor calidad que los mismos, con la denominada Franja 1. De esta manera quedó demostrado que el modelo FUCVAM podía adaptarse a otros colectivos, con poca experiencia organizativa y en muchos casos, sin recorridos personales por otros agrupamientos, siendo para muchas familias de esa Franja su primera experiencia de participación colectiva.
Hoy por hoy, hay otras urgencias instaladas en nuestra sociedad, pero la satisfacción de la necesidad de vivienda sigue siendo un deber de la sociedad toda, y que afecta una vez más a los sectores que padecen niveles extremos de exclusión social en su más amplia acepción: sin poder acceder a la educación, la salud, el trabajo o la vivienda, entre otras varias dificultades. Es por ello que FUCVAM se ha propuesto el acompañamiento y seguimiento de una de las cooperativas pioneras en cuanto a su perfil y sus características: COOPIBA (Cooperativa Inclusión y Brazos Abiertos), conformada en su mayoría por mujeres trans; pero que también está integrada por otras personas con diferentes historiales de vulnerabilidad y exclusión.
No hay ni un tal vez en el barro
Gia la presidenta de COOPIBA recibe hospitalariamente a quien la visita. Recién salida de la peluquería se dirige hacia el apartamento del fondo. Sobre la mesa la espera un cenicero con una caja de diez puchos, varios vasos y una Coca. Inmediatamente, avisa que está cocinando una pizza muzzarella en el horno. La mesa está rodeada por varias sillas de plástico acomodadas en círculo, donde se sentarán sus familiares, entre ellos su tía y su tío, dueños de la casa. La acompaña Martina, también integrante de COOPIBA y su amiga.
Cuando el relato comenzó, el atardecer iba oscureciendo los fondos de pasto verde y tierno de las casas de Bella Italia. Cuando finalizó, la noche había comenzado hacía ya dos horas.
Nació en Salto, creció en Mercedes. Sus padres eran adoptivos. Se define como hija única, porque sabe que por parte de su madre no tiene hermanos, aunque el caso de su padre le genera dudas.
Cuando cumplió 16 años, ambos fallecieron. Ella tuvo un hijo. Se vino a Montevideo para trabajar vendiendo inciensos y enviar dinero para la crianza de Ethan en Mercedes. Hoy su “bebé” es pediatra de 41 años, vive en Londres, con sus dos nietos, Agustín y Sugar.
A la capital se mudó en ómnibus, siendo una chica trans dependiente del tratamiento hormonal. Los inciensos no generaban ingresos suficientes. Una noche, mientras trabajaba de bachera en Alto Palermo, salió tarde. Se cruzó con un hombre reconocido. Ella tenía hambre. Aún no conocía del todo la avenida 18 de Julio. Él la invitó a comer en un carrito.
—El hambre me hizo subir al auto, me trajo hamburguesas y panchos. Me mostró Bulevar —relata Gia con más precisión.
Así comenzó su camino en el trabajo sexual. Al mismo tiempo, se introdujo al “mundo de la silicona”: “era femenina, pero me faltaba pulirme un montón y aún me falta”. No le pagaban un sueldo. Apenas unos años después de la dictadura, la sociedad “tenía la cabeza muy cerrada para con nosotros”. Comenzó a estudiar veterinaria, pero cuando tuvo la oportunidad de irse de Uruguay, lo hizo.
Se mudó a La Teja para trabajar para “las cafetinas”, “fiolos de chicas trans” que “no sé cómo hacen, pero te llevan a Europa”. Así fue, sin pasaporte, hacia Italia, más específicamente a Milán. Adecuarse no fue sencillo: “no es ponerse los tacos para ver la vida arder”. Para ejercer trabajo sexual, debían contar con seguridad.
—En esa época, no quiero pecar de vanidosa, éramos cuarenta dentro de la casa. Nosotras pagábamos la renta. Era una de las seis más bonitas y tenía que pagar para que no me golpearan. Cuando me atacaban, yo corría y lloraba. No sabía defenderme.
Así transcurrió el tiempo hasta que cumplió 35 años. Conoció a gente de dinero, hubo mucha droga, mucha joda, mucho alboroto. A su hijo, radicado en Mercedes, lo veía cada tanto. Cambiaba cada vez que lo veía: no habían amigas, ni discusiones, ni droga, ni alcohol. En ocho años recorrió 12 países. En Milán la reportaron y volvió a Uruguay.
El retorno fue complicado, se había vuelto cocainómana y, asume con total honestidad, su intención no era dejarla, ni tampoco “ir a terapia”; se juzga con el paso del tiempo una Gia vestida de entre casa.
Cuando regresó, crisis económica de por medio, comenzó a fumar pasta base. Intentó conseguir trabajo limpiando, pero de igual manera terminó en el COMCAR. Tiene diez procesos, el más largo de ocho meses, y todos con prisión. Según cuenta, las razones que la llevaron a ese lugar fueron muchas. Le costaba trabajar: “andaba sucia, flaca, tenía más lolas que cola, parecía un cadáver con gomas”.
Entre caída y recaída, conoció la Dirección Nacional del Liberado (DINALI). Les pidió una oportunidad para trabajar y no andar en la calle. Su último proceso fue en 2019. Decidió cambiarse el nombre, aunque ella hasta ese momento hubiese sido María Laura.
—Me cambié el nombre a los 40. Fue una decisión que me costó muchísimo. Mis compañeras eligieron María Laura en Milán. Pero yo ya no me adecuaba a ese nombre. Laura me dio muchísimo, un hijo, una buena vida, pero también me mostró el mundo más feo, y si bien fue una gran guerrera, hoy la persona que está frente a vos, es otra. Con las vivencias de Laura, pero con la cabeza de Gia.
Su verdadero nombre proviene de una película de Angelina Jolie. Al retornar de Italia le detectaron HIV, desde 2006 que se lo viene tratando, y en 2013 dejó de contagiar, transformándose en seropositivo. Retomó veterinaria.
—Estoy haciendo el último año como oyente. Amo esa carrera desde que fui niña. Sería un broche de oro decir, aunque tenga ochenta años, me recibí.
Lo que la impulsó a dejar de consumir fue hacerle daño a las personas.
—Me cansó, porque no había códigos, ni valores, ni respeto, había dolor, mucho, perdí familia, amistades y no me buscaba ni siquiera un compañero para vivir. Tampoco disfrutaba de las pequeñas cosas de la vida, que son grandiosas en realidad.
De esa época conserva amigas, una de Nueva Jersey. En la cárcel conoció a Ivana, una de sus mejores amigas que es española, trans “pero operada”. Y si bien siempre militó espacios políticos de la comunidad LGTBIQ+, en la década de los noventa, cuando marchaban por 18, desnudas, “las putas estaban unidas”, destaca con nostalgia Gia, para luego indicar que comenzó “a ver cosas que no compartía” y su vida política y pública comenzó a disminuir.
—Es un gran impulso contar con personas que te apoyen, abandoné porque estaba en otra. En ese momento, yo no tenía escrúpulos, ni con los tipos.
La vivienda fue una faltante que atravesó toda su vida. “Una vida larga, larga”, confirma.
Una noche estaba compartiendo con un amigo suyo, Joaquín, a quien conocía de espacios en la DINALI y del refugio, que decidió formar una cooperativa.
—Joaquín dijo: “yo no me quiero morir en un hogar”. Le respondí que yo tampoco. Comencé a preguntar, tipo boba, por todos los lugares cómo tener una casa, porque hay que ser realista. No voy a tener una jubilación y muy buenos sueldos para mí no va a haber.
La respuesta que encontró fue organizar una cooperativa y afiliarse a FUCVAM. En la Federación la recibieron, le dijeron que hacía mucho “estaban esperando un proyecto así” y una de las secretarias, Valeria, sostuvo que estaban viviendo un momento histórico: la primera vez en la Historia en la que se iba a formar una cooperativa de vivienda por ayuda mutua de personas trans.
—Me pregunté ¿por qué es histórico? ¿Por qué vino un puto a esta puerta? Pero esa frase me quedó rondando. Fuimos tres al principio, después fuimos cinco, se sumaron dos más. Nos organizamos en diez y así seguimos hasta ahora. Nos hemos asesorado con la Secretaría de Derechos Humanos, con Colette Spinetti, Luis Parodi director de la DINALI, Defina Martínez de la Intendencia de Montevideo y en FUCVAM, que siempre tienen los brazos abiertos. Lo que hicimos fue, además de población trans, abrirnos a migrantes, personas con problemas de salud mental y madres solteras, para ser inclusivos en todos los sentidos. Que para mí de por sí ya es una palabra que discrimina. Porque inclusivo debe ser todo el mundo, ¿Qué es lo normal?
Gia es una mujer trans hetero que siempre quiso disfrutar de su libertad. Para ella, que la Marcha de la Diversidad no se haga en 18 de Julio es una pérdida del espacio político e histórico en el que se realizó la marcha. Siente que las nuevas generaciones perdieron la Historia del espacio. “A nosotras nos cagaron a palos”, por eso se apartó de la militancia y la vida colectiva. Hasta hoy.
—Mis compañeras están contentas de que vuelva a la militancia. Soy muy guerrera. Nosotros tenemos los mismos derechos que todo el mundo, por eso queremos una vivienda, porque fue un derecho que se nos quitó a las chicas trans históricamente. A nosotras y a toda la población vulnerable, porque hoy hay personas que nos acompañan, pero la realidad es que la población vulnerada está en toda nuestra cooperativa y necesita una vivienda.
Estamos dispuestas a trabajarla, a hacerla. No quería ser presidenta, pero bueno. Es una responsabilidad inmensa, te enseña, te da madurez, te hace aprender y de miles de errores. A veces, te desborda y te enojás con compañeros. Pero estamos para aprender a ser cooperativistas. Los admiro a todos porque realmente sé que es un montonazo.
Martina
Martina aguarda su turno. Mientras toma vasos de Coca y escucha a Gia, más reservada, sonríe ante los chistes de su amiga. Ella es de Montevideo, nacida en Bella Italia e hija de cooperativistas. Su padre trabajaba en la construcción, su madre en un boliche donde vendían comestibles en Camino Maldonado. El matrimonio tuvo 11 hijos, nueve varones y dos mujeres. Martina es la sexta, la del medio.
Al arribar a la adolescencia, sus padres se separan, su madre queda sola, a cargo de 11 infancias. La comenzaron a ver solo por la noche. Su madre trabajaba todo el día. A veces, cuando volvía, ellos ya estaban durmiendo.
A medida que crecían, los adolescentes comenzaban a buscar trabajo para colaborar y ayudar a la familia. A los 14 años, para gran sorpresa de todos, Andrea se entera de que está embarazada.
—Y más para mí porque era una gurisa, las condiciones en las que ocurrió no estuvieron buenas. Pero fui encarándola, criando a mi hija Nicole que hoy tiene 18 con el apoyo de mi familia —informa Martina sin querer ahondar en detalles.
Ella siente que siempre fue bastante rebelde y muy independiente. “Hasta por demás, diría yo”, reconoce Martina sonriendo. Se fue de su casa con su hija a pagar alquiler. Vivía como nómade, de un lado a otro, “luchándola y buscándola”.
—La vivienda fue una necesidad que siempre estuvo. Me anoté en varias cooperativas, pero pedían mucho dinero y nunca pude costearla.
Sus ingresos no le daban para costear el proceso cooperativo y, al mismo tiempo, pagar un alquiler. Actualmente dio con un alquiler medianamente estable de 11 mil pesos mensuales. Trabaja como limpiadora, de lunes a sábado, ocho horas diarias, y gana 14 mil pesos mensuales. Es el único ingreso del hogar.
Conoció a Gia en el trabajo. Así se enteró del proyecto. No sabía cómo iba a ser COOPIBA, ni cómo se iba a armar, pero le gustó la idea.
—Lo que me gusta del proyecto es que no solamente lucho por mi casa, sino que también por la de los demás. Cada vez que escucho a alguien contar su historia, pienso que está de menos. ¿Cómo me puedo quejar yo?
Ahora ya no es solamente mi techo, sino que es un techo para todos. Es como que asumís otra responsabilidad, más que la propia, peleando de la misma manera y te das cuenta, también, de que no estás sola.
El proyecto comenzó en abril. Al principio fue de chicas trans y luego fue mutando. Sumaron mujeres solteras, afro, migrantes, gente con HIV, con problemas de salud mental, que vive en refugios, liberados, padre y madres solteras.
—Que impulsó a abrir todos esos caminos fue lo que nos rodeaba. Además, en el lugar en el que trabajamos, como lo hacemos con personas liberadas, es inevitable pensar en el resto, la realidad demanda una unión entre diferentes realidades y así se vive en la cooperativa – relata Martina.
La apertura fue una transformación natural dentro de la cooperativa. Las personas que vieron organizarse para conseguir una vivienda se enteraron por el boca a boca. La conformación de una comunidad está en proceso. Es Andrea quien analiza la situación actual. Según Gia, es la que tiene más conciencia de la realidad cooperativista.
—El colectivo lidia con diferencias. Creo que estamos en una etapa inicial donde la realidad está poco avanzada. Ahora está toda la ansiedad de que falta el terreno, de que queremos tener la casa, de que los procesos son muy largos. Hay mucha burocracia. Entonces, claro, es difícil lidiar con eso. A veces, la organización nos desborda, porque hablamos todos de lo mismo, pero con diferentes palabras, diferentes idiomas. Pero bueno, queremos vivir el proceso. El grupo es sólido. Queremos entrar a nuestra casa y vivir esa experiencia. Debe ser lindo entrar a tu casa y decir: ese ladrillo lo puse yo.
Al principio se juntaban en DINALI, luego decidieron juntarse en FUCVAM.
—La DINALI es algo más íntimo, donde están familiarizados y se sienten más cómodos en confianza. A veces, viste, insultan. Pero cuando COOPIBA se junta en la sede de la Federación todos entran como calladitos, como si fuera una iglesia – concluye la Presidenta de COOPIBA, sobre el respeto que la sede le genera a la población de vulnerabilidad.
Clarita Kim es un torbellino. Llega a la Federación, saluda. Aclara que prefiere que le digan Clarita. Esa es la norma y se acepta. Pero antes de llegar a la segunda pregunta sobre el pronombre que utiliza, ella ya hizo reír a su interlocutor varias veces. Así llega, riéndose de sí misma y del mundo.
La identidad para Clarita está vinculada al “corazón” y, aunque la sociedad ha discriminado mucho a la población trans y lo sigue perpetuando, la hipocresía está a la vuelta de la esquina, incluso dentro de la misma población. “Entre nosotras somos duras, siempre estamos buscando quién es más linda, quién tiene el mejor cuerpo y todo”, sintetiza sobre la competencia femenina-trans que critica de su población.
Se unió a COOPIBA al conocer a Gia. “Ella no quería morirse en un refugio, ¿entendés?”, interpela para luego aclarar que “gracias a dios” ella ya no vive en la calle.
—A veces viste que juntos es mucho más, porque las voces se complementan, capaz que algunas personas te escuchan más o menos. Además, si andás sola por la vida, una sola voz no alcanza, te tratan como si fueras cualquier cosa.
A Clarita sus padres la echaron de su casa a los 16 años. Asumió su identidad y lo que obtuvo fue la exclusión.
—Nunca me preguntaron si era gay, puto o si quería ser traba. Me dijeron agarra tus cosas y andate. Mi abuelo estaba muerto. Y la vida es corta, súper corta. Me quedé en la calle. Cumplí 17 años en una Estación de Servicio de Camino Carrasco. Me canté sola el feliz cumpleaños. Pedí tres deseos y, te juro, los tres deseos se me cumplieron. Fue ahí que subió un video en YouTube asumiendo mi identidad. Ahí se enteraron todos, mi familia, mis amigos, todos. En un mismo video, todos se enteraron de una —narra Clarita a sus 25 años.
Durante esos años fue nómade. Dormía en plazas, de preferencia la Fabini. Al primer día, solían aceptarla, al tercer día los vecinos se mostraban incómodos. Comenzó a sentir que molestaba.
Su padre vivía, desde que ella había cumplido 16 años, en la casa de sus padres. Ella un día no aguantó más los quilombos de la calle y decidió llamarla. Su abuela le ofreció un refugio. Pero su padre, apuntándola con un cuchillo, la volvió a echar.
—Me hubiese encantado ser normal, porque capaz que no hubiese pasado lo que pasé. Pero ojo, también lo agradezco. Agradezco haber estado en la calle, que mis padres me hayan echado porque eso me hizo adquirir sabiduría, aprendí a no envenenarme, a dejar de recurrir a la queja, porque la queja no te lleva a nada.
Lo que vivió ella en la estación de servicio fue el primer paso para emprender su camino de “ave fénix”. Resurgió de las cenizas y decidió no resentirse, ni culpar a nadie, para que el “renacimiento” se le haga más fácil. Dice que no quiere permitirse volver a tocar el “fondo de la olla”.
—Ella era maestra, siempre me inculcó estudiar. Tenía una letra que era hermosa – recuerda Clarita para luego aclarar que si bien cuando su padre la echó de su casa ella lo eligió a él – me hubiese encantado que me haya priorizado a mí, pero priorizó a su hijo, me hubiese gustado que me hubiesen mis padres priorizado a mí, pero bueno mi padre es un pelotudo y un viejo loco.
Su abuela convive con el miedo en Malvín. Clarita volvió a la calle. Algo horrible porque, según ella, una cosa es vivir siendo varón, pero otra cosa es ser mujer trans. Pero su familia materna la “aceptó” nuevamente. En esa época, ganó un concurso de Miss Elegancia en Montevideo, la llamaron para concursar en Mercedes, se coronó como Reina de las Trans.
Convivió con su abuela materna, con sus primos y una tía que era “un tiro al aire”. Crió a sus primos en el Cerro. La casa de su abuela era un palacio.
Salió a buscar trabajo. Concursó en Pandemia en la Intendencia de Montevideo, trabajó para el mantenimiento de espacios verdes como cuidaparque. Pero al tercer mes se acababa el trabajo. Al finalizar el programa de trabajo, se apareció un móvil en la plaza. Ella hacía mantenimiento en el baño y la cooperativa que trabajaba, deseaba no hacer la nota. Allá fue ella, por sugerencia de sus compañeros de trabajo.
—Los hacía reír cantando como Shakira. Estaba todo divino. Nos hicimos amigos. Y cuando hice la entrevista y me entrevistaron, los dejé bien parados. Hice la nota, les hice ver que era muy linda estéticamente y les dije que visualmente me parecía de otro planeta. De tapaboca porque era Pandemia —recuerda Clarita para luego aclarar que tan bien parados los dejó que quedó fija en la cooperativa.
Con el dinero que obtuvo de su salario, estudió periodismo y comunicación. Nunca había tenido un trabajo, por eso considera que la casualidad del móvil fue una señal. Primero, porque fue su último día de trabajo. Segundo, porque se quedó sin laburo por 20 días hasta que la llamaron a decirle que había ganado el concurso. Quedó fija.
Dice que no negocia su esencia, que si algo le molesta mucho lo plantea, y que no se calla, ni es sumisa. Lo hace con respeto y amor, aclara, pero aun así se quedó sin trabajo.
Accede a su vivienda por alquiler. Destina gran parte de sus ingresos al pago mensual. Aclara que si bien luchó por la aprobación de la Ley Integral para Personas trans, nunca accedió a una vivienda. Los artículos se tienen que cumplir.
—Está todo bien, que nos podamos sacar una cédula, poner culo y tetas, pero necesitamos una vida digna, un techo digno. Quiero terminar mi día, taparme con las sábanas, ducharme y descansar del día — desea Clarita, quien también se negó a brindar una entrevista en su casa por “ser fea”.
Vio en redes sociales que estaban buscando a personas trans para integrar una cooperativa. Gia le realizó una entrevista. Hoy es la Secretaria de COOPIBA. El principal desafío para ella es “mantener la unión”.
—Si no le traes algo concreto a la gente es difícil hacerla entender, a veces ni siquiera tengo para los boletos. Hace dos meses que no paramos. Me parece, más allá de ser la primera cooperativa trans mundial, es que además de estar haciendo Historia, quiero demostrarles a todas que hay un camino para tener un techo. Es un privilegio tenerlo, literal. Se puede, más allá de lo cliché que suene, con perseverancia, disciplina y lucha, se puede.
Lo que rescata de la organización es que si bien es difícil ponerse de acuerdo. Tanto en las reuniones de la directiva como de la Asamblea, es que si bien el tono puede ponerse “elevado”, al salir “somos todos amigos”. La guerra queda fuera de lugar. Ella recuerda que en la cooperativa de su abuela, en las asambleas, terminaban a las “trompadas, literal” y “eso acá no pasa”. Por el momento, si bien han tenido diversas reuniones con varias autoridades y se ha deslizado la posibilidad de un terreno, aún no han tenido respuestas.
—Estamos esperando una respuesta de la Cartera de Tierras y del Ministerio. Pero nos dicen que no hay terrenos. Estamos apuntando a que el proyecto salga en dos años, el grupo es sólido y estamos abiertos a todas las posibilidades. Pero queremos crear nuestra vivienda, no queremos que nos regalen una casa, nosotros queremos laburarla, pasar por el proceso, por la experiencia. Creemos que debe ser lindo entrar a tu casa y decir, este ladrillo lo puse yo con mis compañeros.
Ángela
Ángela duda de si conceder la entrevista. Llega a la Federación contenta con su nuevo trabajo. La fotógrafa la saluda efusivamente. Mientras se saca la foto, las administrativas hacen chistes sonriendo.
Acto seguido se sienta y dice que escribió algo. Se le consulta si prefiere simplemente agregar lo que escribió sin contestar preguntas. Se encoge de hombros. Se le pide que envíe el texto y lea, antes, de comenzar.
Ángela lee:
“Mi historia está atravesada por muchos cambios desde muy chica. No tuve una infancia fácil, y durante mucho tiempo me costó encontrar un lugar donde sentirme realmente en casa. Pasé por distintas situaciones que me marcaron mucho, y que me hicieron crecer antes de tiempo. Pero también me enseñaron el valor de la fortaleza, de la empatía y de no perder la esperanza, incluso cuando todo parece muy difícil.
Desde muy joven tuve que aprender a cuidarme sola, a salir adelante, y eso me dejó muchas huellas, pero también mucha determinación. En distintos momentos de mi vida pasé por lugares de protección y por proyectos donde intentaban acompañar mi camino, y aunque no siempre fue fácil, cada paso me fue acercando a entender qué es lo que realmente necesitaba: estabilidad, contención y un entorno donde pudiera sentirme segura y valorada.
Durante muchos años la idea de tener una vivienda propia me parecía algo lejano, casi imposible. Era como si el derecho a tener un hogar no me correspondiera. Sentía que siempre estaba de paso, que nunca podía quedarme en un lugar sin miedo a tener que irme. Esa sensación de no tener un espacio propio fue algo que me marcó profundamente.
Cuando conocí a COOPIBA fue como una puerta que se abría. Al principio llegué con muchas dudas, pero con el deseo de empezar de cero, de darme una oportunidad para construir una vida distinta. Lo que más me conmovió fue encontrarme con un grupo de personas que compartían historias parecidas: personas que también habían pasado por procesos difíciles, por exclusiones, por búsquedas de estabilidad.
En la cooperativa encontré comunidad, escucha y respeto. Aprendí que no se trata solo de construir una casa, sino de construir un modo de habitar distinto: uno basado en el apoyo mutuo, en la igualdad, en la solidaridad y en el cuidado. Aprendí a pensar en el hogar no solo como un techo, sino como un espacio de encuentro, de afecto y de posibilidades.
COOPIBA me ayudó a sanar mi relación con la idea de “tener un lugar en el mundo”. Porque durante mucho tiempo sentí que no lo tenía, y ahora puedo imaginarlo. Puedo soñar con un futuro donde mi casa no sea solo una estructura, sino un símbolo de todo lo que logré superar.
Para mí, la cooperativa representa esperanza. Representa la posibilidad de transformar las heridas en fuerza, de pasar de la soledad a la comunidad, de convertir los sueños en proyectos reales. Y sobre todo, representa la posibilidad de vivir sin miedo, de construir un lugar seguro donde ser una misma.
Mi sueño hoy es poder ver a COOPIBA hecha realidad, con todas las familias que formamos parte habitando sus casas, compartiendo la vida cotidiana, acompañándonos y demostrando que otra forma de vivir es posible.
Creo profundamente en la fuerza de la comunidad. Cuando las personas se reúnen con respeto y con amor, se pueden lograr cosas inmensas. Y COOPIBA es eso: una comunidad que nació del cansancio de la exclusión, pero floreció en la esperanza del encuentro”.
En diálogo con El Solidario, el director de la DINALI, Luis Parodi, confirmó que el proyecto de COOPIBA nació en la institución.
“Aquí nació y acá tiene su corazón, no en términos afectivos, sino de fortaleza”, indicó para luego remarcar que esta clase de instancias colectivas y de reuniones entre las personas que forman parte del programa son “abrazadas y promovidas”.
En este sentido, para Parodi la organización es bienvenida para que las personas puedan desprenderse del programa adueñarse de herramientas para “defenderse”.
“Este es el primer intento de que haya un colectivo con poblaciones de estas características, con todas las discusiones que trae, las peleas que se generan, sabemos que eso pasa, pero también es bueno saber que saben hacia dónde ir”, resumió el director de la DINALI.
Al mismo tiempo, Parodi sostuvo que pese a que muchas personas tienen un lazo “institucional” en Uruguay aún no se acepta mucho que “la gente se organice”, por eso la responsabilidad de las personas que ocupan cargos en la administración estatal no suelen fomentar la organización. “Uruguay tiene poca experiencia de trabajo participativo y estas poblaciones suelen ser individualistas, porque resuelven enseguida, o en la urgencia, cosas vitales, cambiar esa cultura lleva mucho tiempo”, aseguró Parodi.
Parodi se muestra convencido de que la vivienda es un problema que atraviesa transversalmente a toda la población con la que trabaja la DINALI. Reconoce que la mayoría vive en refugios o en situaciones de precariedad extrema, por lo que su perspectiva ha cambiado radicalmente:
“Cada vez estoy más convencido que hay que centralizar el pedido de vivienda como un tema central… Después de 40 años de haber pensado cosas, leyendo algunas cosas, discutiendo con la gente, a veces uno logra pensar algo y dice, pero es raro. Y hay una experiencia finlandesa que lo aprueba. Los finlandeses y toda la política social que hicieron con Calle, pues, no hay nadie que no pueda tener vivienda. Y después vemos lo otro.”
El director enfatiza que el costo de no resolver la situación es mayor a nivel social y económico: “Si nosotros no hacemos eso, nosotros no vamos a vivir con 20 mil personas en Calle en Montevideo durante tres años. Entonces, entre todos tenemos que empezar a traccionar para que los poderes públicos y la política se hagan cargo de esto.”
El foco está puesto en generar convenios y "acuerdos estrictos" con instituciones como el Ministerio de Vivienda y otras dependencias, para obligar al cumplimiento de los compromisos.
Parodi confía en la concreción del proyecto de COOPIBA, señalando que ya está regularizada la situación y se han “ganado dos años” en el proceso. La meta es que no esperen cinco años, sino que en dos años puedan estar construyendo.
El director busca aprovechar la situación real de discriminación de las compañeras trans para traccionar una política de vivienda y poner el tema "arriba de la mesa". “Yo quiero que se vayan, yo no quiero verlos más. Que se vayan bien. Que hagan sus proyectos, que hagan su vida. ¿Qué hacen con un viejo de 70 años discutiendo?”, concluyó Parodi, enfatizando su deseo de que la población liberada alcance la autonomía plena.



