El economista Carlos Grau trabajó durante un año en la propuesta de la sobretasa al Impuesto al Patrimonio. Su síntesis del proceso es concluyente y asegura que quedó “satisfecho”. Más allá de que el sistema político no haya apoyado firmemente la propuesta, “los apoyos técnicos, académicos” no han emitido críticas. Por el momento, “no hay demasiadas”. Sobre el proceso sintió que hubo empeño, cabeza y esfuerzo, y descarta los monstruos para decir que la propuesta no es “descabellada”. Aunque es “disruptiva”.
“Los cambios suelen ser resistidos por quienes se ven afectados”, concluye para luego comparar el proceso con la Reforma Tributaria que tuvo lugar en 2007, en la que también participó junto a Juan Carlos "Neco" Costa, Hugo Baladino y Alberto Barreix.
Compara la reacción tajante de las autoridades gubernamentales y la oposición con procesos como el de la Reforma de Salud. La diferencia entre ambos procesos, según Grau, es la siguiente: en la primera era el propio gobierno de Tabaré Vázquez, con su famosa frase “que pague más el que tiene más”, quien impulsó las modificaciones impositivas; en esta propuesta del 1% al 1% más rico del país, fue llevada a cabo por la central sindical.
“Es bien distinto el contexto, porque el propio gobierno hoy plantea que no hay más espacios para cambios tributarios”, analizó. Aunque, tras esa famosa frase de Vázquez, también había un discurso de que en las elecciones anteriores, cuando el Frente Amplio perdió contra Jorge Batlle, se había “perdido por el IRPF”.
El primer presidente progresista insistió de igual manera y “armó un equipo técnico y así se desarrolló la propuesta”. Según describió el economista del CINVE, cuando se presentó la propuesta, la idea de colocar un impuesto a las rentas de las personas físicas, incluyendo los salarios, parecía el acabose. “Ya nadie habla de eliminarlo, pero durante mucho tiempo estuvo sobre la mesa”. La crítica nunca fue “tibia”, siempre fue “fuerte”. Tanto la experiencia de la Reforma del 2007 como la confección de la propuesta de la sobretasa al Impuesto al Patrimonio para el 1% le parecieron “disruptivas”. Aunque la propuesta esté sobre la mesa, dialogar sobre un impuesto a la riqueza parece no ser la agenda de muchos. Además, para Grau, el partido se juega en el diseño del impuesto, al igual que el IRPF, cuyo caudal recaudatorio recae en el IRPF 2, que grava el trabajo y no al capital. En ese sentido, cree que el debate puede profundizarse, pero se detiene para aclarar: “el que mucho abarca poco aprieta”, y prefiere reencauzar la conversación a la sobretasa para el 1%. Aunque aclara que, efectivamente, el impuesto que más recauda es el IVA al consumo, que representa casi un 60% de las recaudaciones de la DGI, y que le sigue el IRPF 2 —la renta al trabajo—, que representa un 15% de las recaudaciones, mientras que la categoría 1, abocada al capital, disminuye al 3%. “Cada 100 pesos que se recaudan de impuestos, 49 son de consumo, 15 es la renta del trabajo y 3 es renta al capital”, concluyó. O sea que los impuestos al trabajo aportan cinco veces más que las rentas del capital.
¿Usted visualizó en su momento que la discusión del 1% al 1% iba a tomar las vías que tomó?
No. Podría haber anticipado que no iba a tener un apoyo rotundo. Pero, quizás de forma inocente, pensé que la propuesta iba a desatar un apoyo por el problema de la pobreza infantil. Porque no estamos hablando de poner impuestos al 1% más rico para generar una fuente de ingresos —más allá de que personalmente estaría de acuerdo de todas formas—, sino que si hay una situación fiscal restrictiva para poder abordar, abatir, combatir y enfrentar la pobreza infantil, nosotros presentamos una herramienta. En mi cabeza estaba claro, y en quienes integramos la Comisión del 1% también, que las dos cosas juntas eran potentes y difíciles de oponerse.
Mi diagnóstico fue equivocado porque hay oposición. A la luz de lo que pasó en la Ley de Presupuesto, la realidad nos dio la razón. Si bien desde el Presupuesto se votó un refuerzo a las transferencias, por más de que en aspectos institucionales no son menores, y de que en la Rendición de Cuentas hubo un aumento de 35 millones de dólares para unificar las transferencias, estamos hablando de un 0,035% del PBI. Es nada con respecto a lo que se necesitaría.
De hecho, los que van a entrar en la pobreza para 2027 son los menores de 0 a 2 años. Los que hoy tienen 2 años no entran. Ante un problema que es emergente, lo que se hizo está bárbaro, pero es muy poco. La propuesta del 1% lo que permitiría es invertir, en vez de 35 millones de dólares, al menos 350 millones de dólares. En un escenario que es razonable. Hubo algún trabajo académico previo a la propuesta del 1% donde se decía que se podía recaudar un punto del PBI, que son 800 millones de dólares.
Pero recaudar 300 o 400 millones no parece disparatado. Además, la propuesta del 1% trae consigo un diseño que, como regla es mala, pero como excepción es buena: el impuesto o lo recaudado no va a ir a Rentas Generales, sino que va a ser destinado específicamente para la infancia. Lo que implica que el Parlamento y nuestros representantes no pueden reasignar ese dinero a otras políticas. Nosotros entendemos que como excepción está bueno encapsular la plata para que solo pueda ser usada para la pobreza infantil.
¿Considera que la infantilización de la pobreza es una emergencia?
Sin duda. Repito lo que la gente que sabe dice: entre los cero y los tres años, los efectos de la pobreza no se revierten fácilmente, aunque después esa persona tenga niveles de vida sin privaciones. Si esas privaciones ocurren en el primer año de vida, dejan huellas para el resto. Cada año que pasa es una generación de niños que se enfrenta a esas condiciones. Por supuesto que es emergente. En el sentido médico, los médicos definen las situaciones como emergentes o urgentes. Las urgentes son aquellas que requieren cierta premura; si no se atiende, el paciente no muere. Las situaciones de emergencia son las situaciones en las que, si no atiendes al paciente de manera automática, muere. La pobreza infantil, uno de cada tres niños, es una situación de emergencia.
O sea que tiene una gravedad superior a la urgencia.
Claro. En el sentido de la jerga médica, uso la palabra emergencia en ese sentido.
Por eso también la percepción que todos los académicos que hicieron la propuesta del 1% tenían sobre la infantilización de la pobreza.
Claro. Es que para nosotros era una estrategia o una postura que unía las dos cosas. Igual, repito, si no tuviéramos el problema de emergencia de la pobreza infantil, por razones distributivas la estructura tributaria requiere un impuesto de estas características: es marginal el aporte del patrimonio a la riqueza. La riqueza cada vez se concentra más y la estructura impositiva está basada en parte en el consumo y en el ingreso. Es una carga demasiado alta en el consumo, por ejemplo.
Más del 50% de la DGI.
Claro, y de la imposición al consumo lo que se dice es que es una imposición cobarde, no da la cara. Cuando vos vas a pagar algo, si bien eventualmente podés mirar y saber lo que pagás de IVA cuando ves los precios en el supermercado... cuando doy clase les pregunto: ¿vos sabés cuánto pagás desde el año pasado de IVA? Los que son contribuyentes del IRPF, como hay una agregación final anual, les preguntás y realmente saben lo que pagan. Los ciudadanos deberían saber cuánto pagan de impuestos. Recaudar es para financiar el gasto público y que este tenga un impacto en lo social y en un buen desempeño de la economía. Sin irme por las ramas, me parece que la sobretasa al Impuesto al Patrimonio es oportuna, es conveniente y es factible.
¿Entonces por qué cree que se descarta a veces la posibilidad con tanta contundencia?
Uno no puede pensar que tiene la verdad y que los otros son malintencionados. Hay un miedo a que se vayan los inversores. Pero el impuesto no grava a las empresas, no grava a los activos productivos. Grava estrictamente a la riqueza improductiva. Creo que el miedo a que se vayan los inversores no está bien fundado.
Ese punto está explicitado en la propuesta, ¿por qué no se discute?
Está sumamente explicitado, sí. Si bien la propuesta avanzó, hay cosas por definir aún. En especial en su diseño, porque se definen los activos por contribuyente. Las tasas se definen en franjas específicas. Pero si vos vivís en una casa, esa casa no sería gravada. La propuesta es algo genérico que se podría reglamentar y ahí habría posibilidades de ir por otras puntas.
Tampoco la propuesta ha abierto la posibilidad de discutir la estructura tributaria.
¿A usted le parecería que tendría que haber una segunda reforma como la del 2007?
Creo que hay que discutirlo. De hecho, en el CINVE planteamos hace dos años en un seminario que organizamos, realizar una reforma tributaria de segunda generación. Aunque no creo que haya que abrir muchos frentes al mismo tiempo: el que mucho abarca poco aprieta. No te lo estoy planteando para ocultarlo, no quiero que se confunda mi labor con la Comisión del 1%.
Se puede debatir el IVA personalizado, o en el seno de la comisión se descartó ir por el IRPF categoría 1 porque no queríamos mezclar. Lo que sí me parece es que hay que resolver el problema de la pobreza infantil, porque es un problema emergente que hay que resolver. Resuelto eso y amortiguado el incendio, se pueden profundizar otros temas. Porque nadie de la oposición o del gobierno que están en contra de la propuesta planteó aplicarla por tres o cinco años y evaluar sus consecuencias en función de eso. Nosotros lo podríamos haber planteado, pero decidimos esperar por si había dudas.
¿No le parece que desapareció un poco de la agenda pública la discusión del 1%?
Totalmente, creo que es porque hasta que no se cierre la discusión de la Rendición de Cuentas el tema no se retomará. No milito en ningún partido político ni en el PIT-CNT, pero estuvimos trabajando en esto y vamos a seguir empujando. Todos escribimos en notas de prensa, pero el poder de convocatoria que tenemos es nulo. Si la central llama a una conferencia de prensa, el tema se mueve. Seguramente lo vayan a plantear y deben tener una estrategia. En lo personal, sigo con el mismo entusiasmo que desde el primer día.
¿Cómo definiría el sistema tributario uruguayo?
Qué pregunta. Hay dos primeras características que uno podría definir. Una es lo que se llama peso tributario, si es bajo o alto, y la otra es la estructura. Con respecto a la presión tributaria, hay mucha gente que afirma que en Uruguay es alta. La oposición plantea que es altísima y que no se pueden implementar más impuestos, y del partido de gobierno se plantea algo similar. Pero habría que definir cómo se construye ese análisis. Porque si vos querés saber si una persona tiene fiebre, hay un parámetro en la medicina que te dice que 37 grados es fiebre alta. En la presión tributaria no pasa lo mismo. Lo que se suele hacer es comparar. Uno puede comparar con países de la región o con países desarrollados. Si vos tomás los diez países que tienen el índice de democracia más bajo del mundo, la presión tributaria es menor que la de Uruguay.
Si lo comparás con la cobertura pública en educación y salud de Uruguay con los países de la región, es mucho más alta. Sería una pregunta retórica, pero si vos le preguntas a una persona que tiene un problema de salud, lo más seguro es que prefiera atenderse en Uruguay que en su país.
Uno no valora lo que tiene, el sistema de salud tiene mil problemas, pero tenemos una cobertura pública con un financiamiento de prestaciones que no es común. Creo que la presión tributaria en Uruguay es razonable, más allá de que se puede mejorar el gasto público; la gente recibe servicios. En una época trabajé para el presidente de Ecuador, Rafael Correa, como asesor, y él tenía en la cabeza que la gente, cuando recibe algo gratuito, no lo valora de forma lineal. Entonces instrumentó que, cada vez que se les daba un medicamento a las personas, se les daba también la factura con el precio real. Y las personas recibían un ticket que decía “exonerado de tal valor”.
La idea era que la gente sepa que lo que se le da no es regalado. A veces no se valora porque uno está acostumbrado. Pero puedo enviar a mis hijos a la escuela pública sin dificultad, puedo hacer la Universidad de la República sin pagar nada. En muchos países de la región se cobra o matricula.
La presión fiscal igual recae mayormente sobre las clases medias.
Ahí vamos a la estructura. La presión fiscal es el primer nivel. La gente critica que sea alta. Para mí no es muy alta, por la calidad de la educación y la salud pública. Otro tema es, entonces, que hoy tenemos un sistema tributario que está basado en el IVA, un impuesto regresivo y por una razón muy sencilla: el hogar de ingresos bajos gasta el 100% de sus ingresos gravados con IVA. El hogar de ingresos altos tiene un porcentaje de ahorro que no está gravado en IVA.
Por lo tanto, sobre su ingreso, la tasa de IVA de los hogares de bajos ingresos es del 22% o, si viene exonerado, si viene al 10%, una tasa promedio que es más baja. Pero los de altos ingresos también consumen yerba, igual que los de bajos ingresos, y tienen una tasa preferencial; también consumen fármacos, también consumen libros.
O también consumen lo que los pobres no: la educación privada, que está exonerada de pagar impuestos por Constitución. Con lo cual, la tasa promedio que pagan unos y otros es básicamente la misma. Según la última encuesta de gastos e ingresos de los hogares, los hogares más pobres se endeudan, es decir, ganan 100 y gastan 110. O sea que en realidad pagan IVA más allá de su ingreso. Entonces, eso es regresivo.
Si querés, a eso le podemos sumar el IRPF Categoría 2, que es otro impuesto que recauda. Y eso es lo que tú decías: hay una desproporción entre los impuestos que gravan la masa salarial y los que gravan el capital.
El impuesto al patrimonio, por ejemplo, es de recaudación marginal en comparación...
Ojo, hay dos. Está el impuesto al patrimonio de las personas físicas, que es marginal. Es el que hay que reforzar, en lugar de reformularlo. Pero la pobreza infantil merece una respuesta rápida por la emergencia. Por eso propusimos ese y no el impuesto al patrimonio de las personas jurídicas; ese no es que recaude mucho, pero recauda.
Ese segundo impuesto es para sociedades anónimas y empresas de ese estilo.
Claro. En la propuesta eso queda todo fuera: solo aplica a personas físicas. Y es toda una definición, ¿no? Porque uno puede decir, bueno, cuando se invirtiera todo va a ser recaudado, ¿verdad? Esto es una definición que dimos para decir: necesitamos que esto —el país, no nosotros— salga rápido para conseguir esos fondos. Entonces nosotros, ante la necesidad de hacer algo rápido, implicaba reformar todo el impuesto que inclusive, con la reforma tributaria del 2007, se le quitó peso al impuesto al patrimonio. El gobierno de izquierda en su momento le quitó peso.
¿Ese es el que grava más la riqueza, podría ser?
Ese es el único que grava la riqueza de las personas físicas. El patrimonio de las empresas está gravado y no recauda tampoco, porque recauda el 4% de la recaudación de la DGI. Pero este impuesto al patrimonio, cuando vas a las estadísticas, incluye también a las personas físicas. Pero las empresas pagan IRAE, por ejemplo, que es sobre la rentabilidad.
¿Hasta ahí terminaron las características entonces de la estructura tributaria?
Sí, de la estructura, básicamente, sí. Como síntesis: habría que revisarla y hay muchas cosas buenas por hacer.
¿Qué perspectiva de futuro tiene sobre la discusión de la propuesta del 1%? ¿Cómo ha visto las respuestas?
Soy bastante negativo o pesimista. Pesimista. Porque el tema está estancado. Pero estoy seguro de que hay una estrategia, que este silencio no es por omisión.
En esto que usted mencionaba de los índices de democracia en el mundo vinculados con los índices de presión impositiva, ¿le parece a usted que también la estructura impositiva refuerza la democracia?
Ah, yo creo que sí.
Entonces, ¿por qué es tan difícil discutir sobre impuestos?
Porque afecta intereses económicos.
¿Por qué ahora es difícil?
Porque, supuestamente, hay empresarios que se verían afectados. El problema es que los que tienen más capacidad de lobby son los que tienen más poder. Cuando se habla de impuestos, desde varias tiendas se habla de bajarlos. Y la gente que se vería beneficiada con un aumento muchas veces está de acuerdo. Tenemos una presión tributaria del 28%. El problema es que quienes tienen capacidad de lobby son los que tienen más poder. Los que tienen más poder son los que tienen más capacidad económica. Entonces, ese es el problema.
¿Le parece que la infantilización de la pobreza y la concentración de la riqueza son dos caras de la misma moneda?
Sí, claramente. Tenemos un modelo de funcionamiento de la economía que es concentrador y que, por lo tanto, lo que hace es sacar o no permitir que le llegue el producto del crecimiento a los sectores de menos ingresos. Cuando vos comparás lo que pasó entre 2015 y 2019, tomás el promedio y calculás las tasas de pobreza del 2020 al 2025, la pobreza, a pesar de que el PBI creció casi un 10%, aumentó. La indigencia aumentó. La inseguridad alimentaria creció. El derrame faltó con aviso.
Lo podemos discutir, pero crecimiento económico hubo. Esto es el modelo concentrador. Estamos en un modelo que, más allá de por qué sucede eso —que también lo podemos discutir—, el crecimiento económico en ese período... si querés, alguien podrá fundamentar por qué ese es distinto a otros. Para mí no tiene nada de distinto, pero el derrame faltó con aviso.
El crecimiento potencialmente permitiría menor pobreza y mayor igualdad. Potencialmente. El tema es que los mecanismos que uno tiene en la institucionalidad, el poder, es el que define qué sucede con eso. Además, a veces ves a los que creen en el derrame y se olvidan de esa teoría: que la menor pobreza y la menor desigualdad impactan en el crecimiento.
Los niños de hoy son los que van a estar trabajando en el mercado dentro de un tiempo. Hay que tener luces largas. Si esos niños no están capacitados, difícilmente la competitividad de un país exista. Si tenemos una fuerza de trabajo con problemas porque cuando fueron niños tuvieron carencias, estamos pensando en un país que va a fracasar. Además, cada vez tenemos más niños en la pobreza. Y ojo, no es que esté a favor de esto, de pensar la infantilización de la pobreza como un problema de productividad; es un argumento para los economicistas. A mí me importan los niños porque la están pasando mal hoy. Pero, desde el punto de vista estrictamente económico, si quiero recaudar más porque necesito pagar la deuda, necesito que la gente gane más.
Y para que gane más, la gente tiene que ser más productiva. Siguiendo la línea conductora bien economicista. Y para que sea más productiva, de chiquitos tienen que estar bien alimentados. Su cerebro tiene que tener la capacidad de desarrollarse de forma saludable y para eso tiene que estar en un ambiente acogedor, alimentado, con las vacunas al día. Entonces, desde una mirada economicista que trascienda el ciclo electoral, es una inversión super rentable.
¿Y cuánto de esta desigualdad tiene que ver el diseño tributario?
No, el diseño tributario lo que busca y puede hacer es mejorar mínimamente. Los problemas de desigualdad profunda nacen fundamentalmente en la generación de rentas del capitalismo. Entonces, esto incide, pero no es que con una distribución de la carga tributaria más equitativa solucionemos los problemas de desigualdad, que son en definitiva los que más importan.
¿Por qué la situación de la infantilización de la pobreza le parece más grave que urgente?
Me parece una emergencia y urgente. Justamente, porque el hambre que pasas de los cero a los tres años te deja una huella de por vida.



